miércoles, 24 de agosto de 2011

Primer capítulo, "lobos".

A todos nos gustan las vacaciones de verano, mucha playa, sol, diversión, amigos y sobre todo dormir a pierna suelta siempre que nos apetece. Nos acababan de entregar las notas, después de cuatro años por fin nos habíamos graduado en eso, esa tarde quedamos en la plaza, nuestro lugar, donde pasábamos casi todo nuestro tiempo libre, siempre juntos.
Me di una ducha en mi casa, me cepillé los dientes, me vestí y salí por la puerta con mi típica y simple frase de despedida a mis padres.
-Adiós, me voy al pueblo con los chiquillos, vuelvo tarde.- Daba un portazo y caminaba hacia la carretera, siempre lo mismo.
De mi casa al centro del pueblo, había una distancia de más o menos diez o quince minutos caminando a paso ligero, el recorrido siempre se me hacia leve cuando iba canturreando mis canciones favoritas, ese día en menos de tres canciones llegué, subí las escaleras que se sitúan alrededor de una fuente en forma de cascada y desde el último escalón ya podía ver allí a mis amigos, sentados en un banco de la plaza, me acerqué y fui saludándoles de uno en uno efusivamente, el primero era Mario, un chico rubio y esbelto que tenía el don de sacarme de quicio a menudo, pero aun así es un encanto, luego saludé a Ángela que esa noche como todas estaba preciosa, Luis se levantó a saludarme sonriendo, un chico delgado y moreno, es de esas personas de las que da gusto tener a tu lado, siempre tan agradable, y por último Gabriel, también muy agradable, inteligente y algo reservado, una vez hube terminado sonreí y dije entusiasmado.
-¡Por fin somos libres de la monotonía y de los agobios!- alcé las manos y hice una mueca de victoria con la cara, todos reímos.
-Si, al menos durante tres meses- dijo Luis.
-Bueno tres meses que vamos a disfrutar al máximo…- siguió Gabriel.
-Eso es, eso es, éste tiene que ser el mejor verano de nuestras vidas- Concluía yo –además, no sabemos cuánto tiempo más podremos pasar juntos, el año que viene habrán cambios en nuestras vidas, nos empezaremos a dispersar.
-Eso es normal, no podremos pasar tanto tiempo juntos, pero nuestras relaciones podrán seguir siendo como son, solamente tenemos que hacer un esfuerzo cada uno para que todo continué.- le salió la vena cariñosa a Ángela, me encanta como le brillan sus ojos verdes cuando habla, entre eso y el gesto suave de su cara, siempre me entran ganas de abrazarla.
En ese momento otro de mis amigos apareció por las escaleras, Dai, un chico gordito, moreno e incapaz de hacerle daño a una mosca, bueno a los insectos si, incapaz de hacerle daño nadie mejor dicho; él fue mi primer amigo, le conozco desde que tengo uso de razón.
-Hola chicos- saludó y se sentó a nuestro lado, cansado.
-Hola- le dijimos todos casi al unisonó y Ángela le añadió- se hace dura la cuesta hasta aquí ¿no?- Dai le asintió.
-¿Mañana que hacemos?- pregunté- tenemos que hacer algo divertido, el sábado os vais al viaje de fin de curso y no os veré en diez días.
-Es cierto, que rápido se me ha pasado, por fin nos vamos al viaje- dijo Luis- Solo faltareis ustedes dos- se refería a mí y Ángela que éramos los que nos quedaríamos en tierra.
-Yo había pensado en ir a la montaña y pasar la tarde como solíamos hacer siempre- propuso Gabriel.
A todos nos gustó la idea.
Cuando estaba con mis amigos las horas pasaban como minutos, nos pasábamos el tiempo hablando de cosas que muchas veces eran estupideces y otras muchas temas delicados o complejos, pero siempre acabábamos hablando de lo mismo, de las cosas que nos producían terror y de las historias que habíamos oído por allí, de fantasmas, de lugares encantados, de hechos inexplicables, etc. Una vez mientras cenábamos, Dai nos contó una historia de miedo que ya ni recuerdo, pero a Gabriel se le escaparon unas vergonzosas lágrimas del miedo que le daba dicha historia. Lo que menos me gusta de los relatos es despedirme de mis amigos e ir caminando solo hasta mi casa, si, es cierto que el camino no es ni tan tenebroso, ni tan oscuro, pero cuando voy solo, sin ningún alma a mí alrededor y a las tantas de la mañana, me paso todo el trayecto con la piel de gallina y con los ojos avizores.

Aquella noche de principios de verano las farolas de los bordes de la carretera se apagaban y se encendían y los aullidos de los perros se oían más alto de lo normal, yo caminaba a un paso acelerado intentando mantener mi mente en blanco para no pasarlo tan mal, en realidad sabía que no me pasaría nada, había recorrido el mismo camino toda mi vida innumerables veces y esa vez no tenía por qué ser diferente o eso pensaba yo. Por un momento me dio la sensación de que algo había cruzado la carretera detrás de mí y se había ocultado entre los matorrales, el corazón se me subió a la garganta, empecé a trotar cuando me percaté de que aquella sensación no había sido cosa mía ya que los marañas de arbustos seguían sacudiéndose exageradamente, “es el viento, es el viento…” me mentía en mi fuero interno. Un soto cercano a mí se movió y yo giré rápidamente la cabeza para observarlo, me despisté del movimiento de mis pies y caí al suelo, me arrastré medio sentado hacia atrás y apoyé la espalda en la valla de metal al borde de la carretera, sentía un fuerte pinchazo en la rodilla así que me la toqué y los dedos se me llenaron de sangre, me iba a incorporar cuando de la maleza salió lo que en ella estaba oculto, rugiendo, un perro del tamaño de un lobo se me acercaba, las manos me empezaron a temblar, intentaba controlarlas pero cuando hacía fuerzas con ellas contra el suelo para intentar levantarme, me dolían, al cabo de dos intentos conseguí ponerme de píe, el perro seguía con la misma posición, amenazándome, su pelaje era grisáceo con algunas partes pelirrojas, tenía la boca desbordada de unos peligrosos y puntiagudos dientes, sentía cómo huía la sangre de mi cara dejándomela pálida cuando inoportunamente alguien me llamó a mi teléfono móvil haciendo sonar la melodía de llamada, el “lobo” saltó hacia mí haciéndome tirar el celular que tenía en las manos al suelo , el perro empezó a atacarme abriendo y cerrando la mandíbula, me alcanzó en la mano izquierda y la sangre empezó a descender de ella a borbotones. No sé si fue la rabia, el miedo o el dolor lo que me hizo sacar valor, pero concentré toda la fuerza que pude en mi pierna derecha y con todas mis fuerzas golpeé a aquella “bestia” en la barriga, que del golpe salió disparada hacia el matorral por el que había salido, estuvo aturdido el tiempo suficiente como para echarme a correr, de nuevo lo escuché acercarse hacia mí y todavía me quedaban quinientos metros para llegar a mi casa, la fiera me alcanzaba ladrando y al ver que no me quedaba otra me di la vuelta para hacerle frente, los ojos se me iban a salir de las orbitas cuando me percaté de que ésta vez tenía compañía, conté cuatro perros, y el más pequeño era mi viejo amigo, “tierra trágame”, las dos parejas de caninos estaban jugando al corito conmigo en el centro, serían imaginaciones mías pero en sus hocicos veía sonrisas, se les estaría haciendo la boca agua. En plena civilización iba a ser devorado por una jauría de perros con complejo de lobos, (¡ES DE LOCOS!).

No hay comentarios:

Publicar un comentario