martes, 23 de agosto de 2011

Prologo.

Ninguno de nosotros entendíamos cómo habíamos llegado hasta allí, todos nos sentíamos cabeza abajo, con el corazón haciéndonos presión en el cráneo, estábamos demasiado asustados como para pensar con claridad, el frío de la noche me estaba calando los huesos, levanté la cara para mirar a mis compañeros, Gabriel estaba con los ojos abiertos como platos mirando entre los arboles de pie al borde del mirador, subió los pies a una barra de la valla que le separaba de la caída.
-Oye, ten cuidado Gabri podrías resbalar, hay al menos veinte metros de caída y no me gustaría ver…
-¡Déjalo, él sabrá lo que hace, bastante problemas tenemos ya!- Ángela me interrumpió sobresaltada.
-Ya sé que tenemos problemas, ya lo sé, llevamos un mes con problemas, hemos vivido experiencias horribles, fui yo el que observó como a uno de nuestros amigos le daba un ataque de locura y se lanzaba delante de un coche, ¿lo recuerdas?- estallé en sollozos mientras las lagrimas caían en manada.
Todos se pusieron tensos mirando hacia mi dirección, el círculo en el que estábamos sentados yacía alumbrado únicamente por la luz de la luna que en ese momento quedo escondida detrás de un mar de nubes, y por unos minutos nos quedamos en la completa oscuridad. Miré para Gabriel que seguía apoyado en la barandilla, pero no le podía ver, la oscuridad era demasiado densa, me puse de píe y caminé hacia él.
-Ari, no te acerques más…- escuché hablar a Gabriel a unos metros de mí- hay algo moviéndose entre los árboles.
En ese momento todos los que estaban detrás de mí se levantaron como si les fuera la vida en ello, mis piernas se desencartonaron comunicándome que estaban listas para echar a correr y solo necesitarían un motivo, no me cabía ninguna duda de que el motivo iba a aparecer, se sentía en el ambiente, lo que más nervioso me ponía era no saber de qué manera iba a surgir ni en qué dirección. En ese momento Gabriel gritó y todos menos yo salieron corriendo, la luna apareció nuevamente mostrándome la cara de Gabriel a diez centímetros de la mía, sonriendo.
-¿Estás bien?

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