Mi habitación estaba desbordada de oscuridad y aire cargado,
sentía cada respiración pasar por mi garganta reseca… Me levanté poniendo las
piernas sobre el suelo que parecía ser el de una pista de patinaje sobre hielo,
a duras penas conseguí caminar hacia el baño, la cabeza me daba tumbos como si estuviera
metida en un balde de metal y alguien desde el exterior estuviese dándole golpes
con un mazo del tamaño de mi país, me lavé la cara y me asusté al notármela áspera
y seca, como una pared cubierta de gravilla,
entonces la levanté para mirarme en el
espejo y el horror me invadió por dentro, si el tacto era desagradable, la
visión era nauseabunda, tenía costras por todas partes, de repente la cabeza me vuelve a la tierra y
recuerdo lo que me había pasado, observo mi cuerpo, estaba inundado de
rozaduras y líneas unidas sutilmente con puntos, líneas que antes eran heridas profundas, en
muchas de ellas se podía ver el arma que se había usado para hacerme todos los
estropicios corporales, dientes caninos largos y afilados, los incisivos de las
bestias se habían quedado marcados en mi piel blanca, probablemente para toda
la vida.
Una vez hube asimilado el hecho de tener ese aspecto tan
horripilante, fui a la cocina a mirar la hora, tres de mediodía, lo supe al ver la luz intensa que entraba por
el ventanal, lo que no tenía manera de
saber era el día que era, no, hasta que no encendiera el móvil o el ordenador,
tampoco tenía forma alguna de saber cuánto tiempo había pasado durmiendo, ni
como había llegado hasta casa, lo último
que recuerdo fue que Daniel me llevo al hospital… Encima no hay nadie a la
vista a quien preguntar. Busque por el
interior y el exterior de la casa, pero estaba completamente solo. Entré en mi
habitación y comencé a buscar mi móvil, que no aparecía por ningún lado, fui al
salón y continué la búsqueda en él,
busque por un buen rato hasta que me di por vencido, me fui a sentar en
el sillón y me fijo que delante de mí, encima una mesita hay un periódico, se
me van los ojos a la portada, y lo que en ella leo me eriza el bello de todo mi
cuerpo.
“Una manada de perros asesinos acaban con la vida de dos personas en
Gran Canaria.”
Se me escapa un grito, cuando leo el titular e
inmediatamente sostengo entre las manos el periódico.
“El sábado por la
noche en la localidad de Firgas, Gran Canaria, una manada de alguna clase de
caninos, acaban con la vida de dos jóvenes y hieren a otro.
Las víctimas mortales son dos jóvenes de dieciséis años, Alba Nóbrega y Nayomi Marrero, a una de las chicas le faltaba la mitad de la carne de su barriga al haber sido
devorada y la otra chica se desangró por recibir una mordida muy grave en la
garganta…”
Tuve que dejar de leer por la conmoción, las lágrimas caían
a torrentes sobre las delicadas páginas del periódico. Yo las conocía a las dos.
¡ERAN MIS AMIGAS!
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